2.27.2007

Medeski, Martin & Wood: El escenario

A veces los escenarios se convierten en museos. Lugares, paredes, espacios donde cada pieza debe ser colocada con exactitud para lograr los efectos y sentidos que la galería, la exposición intencione. En ocasiones los curadores prefieren la luz, otras veces optan por el discurso directo y muchas otras por la meticulosa retórica de la imagen. En todo caso, en todos, la galería trata de innovar y llevar la obra más allá del mero y simple discurso artístico onanista. Es en la galería donde la obra adquiere su verdadero valor: es ahí donde se exhibe, se muestra, donde ciertamente nace.

Y realmente, los escenarios, esos lugares misteriosos donde por momentos los mortales son endiosados, cuando son tomados por la gente correcta se convierten en museos, en galerías, en fastuosos lugares de contemplación. Equivocadamente (gracias a pelafustanes que se dicen artistas) se cree que los escenarios son lugares de reproducción. Gran error. Son el lugar ingobernable de la creación musical. Es en ellos donde los grandes crean, inmortalizan los efímeros momentos de su obra construida en el momento, creada del silencio y el dominio absoluto de los instrumentos y sus notas.

John Medeski, Billy Martin y Chris Wood o Medeski, Martin & Wood. Incuestionables creadores, el viernes 23 de febrero convirtieron el Teatro de la Ciudad en un escaparate de arte, colores y texturas. Monumentos dedicados a la imaginación y al buen gusto fueron elaborados y colocados majestuosamente uno tras otro. El trío ejecutó las artes de la museografía en su concierto. Iniciaron llevando la música a los únicos límites válidos para los genios: esos de la fantasía, del límite sin límite. Una larga experimentación sobre ondas que fluctuaban sobre una cama de ruidos metálicos, un músico en el piso, como jugando golpeando metales y otro girando perillas y presionando botones mientras el último atacaba las cuerdas de su bajo ya sea con los dedos veloces, ya sea con el arco quejumbroso.

El concierto inició con el paroxismo de la experimentación, la improvisación, esos experimentos que sólo pueden hacerse en los escenarios porque el espacio en los cd’s es muy pequeño y voluble. Esas estructuras que sólo pueden disfrutarse en vivo, mientras se observa al músico concentrado tras su artilugio, inmerso, ensimismado. En relación absolutamente íntima con su instrumento y su pentagrama imaginario mientras nosotros jugamos el papel de voyeuristas, intrusos, parásitos en un proceso simbiótico de resultados prodigiosos e íntegramente alucinantes.

Siguieron con las notas ácidas, coloridas, psicodélicas de la música que sólo ellos saben hacer, incatalogable que a ratos sabe a electrónica (aunque no samplean ni utilizan loop alguno), a progresivo, a rock, funk… a jazz, a libertad. Un viaje, un ácido en do, en fa, en me, en ma y en wo.

Terminaron rompiendo los esquemas del escenario. Regresando toda esa experimentación, electrónica y electricidad al piso (bajando), cerrando el ciclo que deseaban para su galería… terminaron tocando sin amplificación, trasladando la música a los terrenos de la honestidad: única categoría válida para los verdaderos genios.

Del otro lado las butacas parecían moverse a través de un túnel de colores que se desvanecían en un efecto a la velocidad de la luz. La mayoría del público se dejó llevar por esa sustancia alucinógena que es la música marcada por las siglas MMW. Nos dejamos vencer por las cadencias, las estructuras que tomaban forma de toboganes y albercas de luz.

No estoy exagerando, de verdad, fue alucinante.

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