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2.13.2007

La libertad suicida

Las nuevas formas digitales de grabación y edición de audio han provocado un boom de bandas y propuestas musicales no sólo en nuestro país: en todo el mundo.

Desde un punto de vista positivo, ahora las bandas tienen libertad más o menos absoluta al no estar atadas a las imposiciones de la industria. Los mínimos requerimientos técnicos y los resultados de una calidad considerable, han llevado a muchos músicos a recurrir a la moderna independencia discográfica.

Pero el otro lado de la moneda no ofrece, para nada, un escenario alentador: las propuestas musicales se han diversificado tanto que la libertad e independencia han sido completamente contraproducentes para la música.

El éxito de algunas bandas llevó a muchas otras a seguir los mismos pasos pero con una profunda ausencia de talento y propuesta. Al no existir un filtro eficaz, el mercado se ha abarrotado de propuestas que no tienen otro destino más que los centros de reciclaje de plásticos.

Así, ahora la “industria indie”, que paradójicamente se formó para escapar de la “industria”, arroja al mercado disco tras disco, banda tras banda, en un ardid tan comercial como la industria americana de los one-hit wonders.

El principal logro de la independencia discográfica no es para nada fastuoso: la mutación de fanáticos en músicos (o algo por el estilo).

Ahora, cualquiera que diga saber de música puede aventurarse a los acordes de una guitarra (ya lo vaticinaba Radiohead: everyone can play guitar); e incluso aquellos que saben de música (no melómanos, músicos en el sentido estricto) dan rienda suelta a su experimentación con resultados que no siempre son óptimos.

Si recorremos con paciencia el myspace.com, encontraremos bandas y bandas y bandas y bandas… y muchas de ellas resultan ser una ofensa a nuestro oído interno. Links eternos y cíclicos que nos llevan de una banda que suena a algo parecido a rock-pop-burgués a otra que suena igual o peor, o al revés, no importa.

Esta nueva ola de bandas no es, en todo caso, contestataria. No se aleja de los preceptos de la industria para denunciar sus horrores musicales y burocráticos. Al contrario, se aleja para crear otro cliché confeccionado con las mismas leyes que la gran industria: la moda, la pose, el gusto efímero del público.

Jóvenes burgueses haciendo música para jóvenes burgueses, eso es todo. Jóvenes burgueses con escasos conocimientos musicales soñando el éxito allende las fronteras de su círculo de amigos. De eso se tratan, me temo, los nuevos géneros y formas de producir música.

La generación de jóvenes músicos de nuestro país no ha sido la única enajenada con la producción musical independiente. Una de las comunidades más grandes de música libre (www.jamendo.com) contiene más de 2000 mil producciones (de descarga gratuita) de grupos europeos (en su mayoría franceses)… El ejercicio del sitio es más orientado hacia la difusión que al comercio. Aún así, los métodos de producción son los mismos que en México alimentan una industria fantasma y onanista… con los mismos pavorosos resultados: muchos discos sin razones consistentes en su propuesta, muchas interpretaciones y ejecuciones mediocres, que por nada atraen a un melómano consumado.

Existen músicos y propuestas que, escapando a la industria y eligiendo la independencia, lograron transformar los paradigmas de la creación musical. Es la historia de muchos jazzistas alrededor del mundo, es la historia de todo un género que nutrió con contrarios su postura: el punk. Es la historia de muchos experimentalistas cuyas ideas no cuadraban con los modelos comerciales. Fueron, son los aventurados.

Pero, desgraciadamente, no todos los que nadan en los océanos de la libertad tienen algo que ofrecer… más bien mueren asfixiados… ahogados en un mar de propuestas alternativas y sin sentidos musicales. Se deshacen en esa libertad que es suicida si no se tienen las herramientas para controlarla.

2.02.2007

A qué le tiras cuando sueñas mexicano...

¿A qué le tiras cuando sueñas mexicano? Maldita frase: soñar es lo único que nos queda… ¿Porqué, entonces, el mismo folclor que alimentamos con sueños nos propone dejar de hacerlo con frenesí parricida, homocida?

Los sueños sueños son… Pero hay miles de historias que nacieron de un sueño. Son las historias de los “emprendedores”, de los jóvenes que un día se cansaron de hacer la rutina y repetir hasta el cansancio los patrones de su clase social. Son historias populares: leyendas.

Pero muchas, más bien, todas las leyendas, toda la tradición oral tiene vínculos específicos con la realidad. Hace unos días escuché una... aquí les va el cuento:

¿Quién no soñó, en algún momento de su juventud, mientras el ambiente se llenaba con las guitarras de Robert Plant o Ritchie Blackmore, el jazz de Dave Brubeck o Chick Corea o -mi favorito- el heavy metal de Metallica, de Iron Maiden, dejarlo todo para dedicarse por completo a la música?

La mayoría hemos soñado ser músicos de rock. Ese era el sueño de Rodrigo y Gabriela. Tocar, no hacer nada más que tocar. Pero, recuerden: los sueños dejan de ser sueños cuando se trabaja, se lucha por ellos.

Dejaron todo para dedicarse a la música. Empezaron con una banda de thrash metal que no les dejó nada más que pérdidas de dinero. Vendieron muchas de sus pertenencias y se fueron a Ixtapa. Ahí, tras un mes de no hacer nada, empezaron a tocar en un hotel: hacían versiones acústicas de temas de Metallica.

Otro sueño los llevó a cruzar el océano: a Dublín. Las cosas no fueron como planearon y empezaron a tocar en la calle. Ahí su estilo frenético se volvió sensación. Luego de mucho trabajo fueron de gira callejera por Europa (en España juntaron tanto dinero que pagaron excelentes entradas para un concierto de Paco de Lucía), después regresaron a Irlanda y junto con el productor John Leckie, alcanzaron el éxito.

En el 2006, su segundo álbum de estudio (Rodrigo y Gabriela, ATO Records) alcanzó el número uno de Irlanda… ganando a grupos de moda como los Arctic Monkeys y a leyendas como Johnny Cash.

Ahora, su sitio de internet (www.rodgab.com) anuncia una extensa gira por Estados Unidos (ya llenaron el tradicional Troubadour del Santa Mónica Blvd. en Hollywood), una aparición en el Coachella Arts and Music Festival y, de regreso a Europa, una presentación en el mítico, impresionante Shephards Bush Empire de Londres.

Se trata simplemente de una pareja de mexicanos, guitarras acústicas y un sueño. Muchas adversidades, y mucho trabajo. Algunos medios, como The Independet y La Jornada, al publicar su historia de amor (en el sentido estricto) y dedicación coinciden: “fracasados en México, probaron las calles de Irlanda y de ahí saltaron a la fama”.

El sonido de Rodrigo y Gabriela no es, en todo caso, el hilo negro de la complejidad musical. Se trata de un híbrido que mezcla un toque virtuoso al estilo Paco de Lucia y el dinamismo de Paco Rentería, con el frescor necesario para la nueva generación. Es flamenco con riffs metaleros. Es un estilo que a ratos recuerda el son veracruzano, luego da aires de extensa libertad y muchas veces hermana géneros que siempre nos han enseñado a apreciar como agua y aceite: en su disco en vivo, del 2004, hay una épica versión del clásico One de Metallica, y justo cuando el rasgueo llega a su clímax, luego de utilizar el cuerpo de la guitarra para imitar el galopar de la batería, súbitamente el ritmo se convierte en el legendario 5/4 de Take Five del gran Brubeck y el público, acostumbrado al frío por su situación geográfica, explota en aplausos por la sorpresa.

En México, la escena está monopolizada por grupos hegemónicos que tratan la música con pinzas empresariales y no con miras a la confección de verdaderos productos culturales enriquecedores. Y las pocas oportunidades que surgen desde las instituciones culturales, simplemente no darían oportunidad a un sueño tan bizarro y de límites tan vagos. De mezclas y concepciones diametralmente opuestas a “lo cultural”.

Las dos producciones de Rodrigo y Gabriela (Re-foc del 2004 y el álbum homónimo del 2006) estaban destinadas desde la idea al fracaso en México. Aquí, triste, se hubieran limitado a los estantes de unos cuantos entendidos, el medio musical mexicano, mafioso y caprichoso, no le hubiera dado la merecida oportunidad a dos greñudos amantes del metal, del jazz y de las fusiones.

El caso es que no sólo en los ámbitos académicos estrictos (ciencia y tecnología) ocurren fugas de talentos. Nuestro país está muy lejos de ser un semillero ya no de artistas sino de propuestas. Gracias a los responsables de la administración cultural, ahora más que nunca México es un país que reboza de pobreza: económica, intelectual y cultural.

Y los cerebros simplemente se van, se van, se van…

1.28.2007

El libre jazz

El jazz es, me atrevo a afirmarlo, de las únicas manifestaciones artísticas inspiradas en la libertad. No esa libertad a la que cantaron los judíos exiliados en Babilonia (versos guardados para la Historia en el libro de los Salmos), o esa libertad referida en los cantos revolucionarios de Víctor Jara. No. La relación del jazz con la libertad es otra cosa.

El jazz es libertad. No aspira a ella. No la anhela. El jazz la representa, el jazz la posee, la ejecuta y, sobre todo, la produce.

A diferencia de otras artes que aluden a la libertad como base de su teoría-propuesta estética, sólo en el jazz adquiere el peso específico necesario para definirse, reinventarse en él mismo.

El jazz centra su creación en el momento único e irrepetible de la ejecución, es decir, lo más importante de la escena es el ejecutante… El intérprete recrea libremente temas en cada ejecución: la melodía pasa a ser un pretexto para desarrollar una posible interpretación de la misma…

No hay otro género que haya logrado escapar con todas sus mutaciones, caprichos y experimentaciones a las limitaciones de la industria cultural: definitivamente contraria a la individualidad.

Mientras el jazz otorga todo el valor de su movimiento estético y artístico a la libertad intelectual del compositor, a la unicidad interpretativa del ejecutante e incluso a la soberana exégesis del escucha; la industria cultural avanza hacia la homogeneización, estandarización y confección de una masa incapaz de realizar análisis y asimilaciones propias de cualquier cosa que salga de ella.

Entonces el jazz es el opuesto a los fines grises de la industria cultural, de los medios masivos y de la férrea comercialización de todo por todo y en todo.

Por eso hay quien, de verdad le teme a la síncopa, a la improvisación y, sobre todo, a la libertad del jazz. No es tanto el miedo a la estridencia como el miedo a la libertad. Líbranos de todo jazz, queremos seguir pensando que de verdad elegimos lo que escuchamos.